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07.08.13.

Emprendimiento

Uno de los temas en los que me he involucrado gracias a la amplia oferta que provee la innovación es el emprendimiento. Últimamente, en diversas conferencias y reuniones que he atendido en México y en el extranjero, he notado algo interesante: todos tenemos ideas, todos tenemos soluciones; la gran incógnita es cuáles son las más sencillas, factibles y convenientes para implementar.

En el mundo hay una cantidad importante de ideas y visiones distintas para resolver los mismos problemas; sean los de agua hasta aquéllos vinculados a creación de energía. Aunque queda algo importante: quién los hará y cómo los hará. Recuerdo con frecuencia en las pláticas de Mezcal cada semana cómo para todo problema hay una solución para México. Interesante es ver que no hay una idea clara de cómo se aterriza.

En mi experiencia, el emprendedor por excelencia es el artista. Sí, el artista. Pongamos, por ejemplo, a un pintor que apuesta en lo que cree y lo materializa; no sólo lo guarda en su mente, sino busca cómo realizarlo físicamente. Un sector social considerado improductivo en su gran mayoría y, sobre todo por algunos, como un estorbo, es sin duda uno de los motores más importantes para lograr emprendimiento. Esbozaré tres razones.

Debo advertir de que lo que leerán a continuación es una serie de hipótesis basadas en mi limitada experiencia. Creo firmemente en ellas y, por ende, estoy dispuesto a debatirlas y a conocer otros puntos de vista que puedan confrontarlas; ¿qué sería de la humanidad si sólo hubiera un camino?

La primera de mis razones tiene que ver con el creer en uno mismo. Si bien la técnica es crucial para crear, sin pasión ni amor propio no se puede lograr mucho. Pareciera un tanto metafísico, pero veamos cómo en realidad los grandes personajes de la humanidad siempre han creído en sí mismos y en consecuencia han tenido enormes logros. No al revés, es decir, no primero el logro y después creen en ellos mismos.

Eso me lleva a las derramas que trae el arte y los artistas a la sociedad. He sido testigo de debates interminables donde hay quienes dicen que no se pueden hacer los emprendedores y hay quienes sí creen que se puedan reproducir. Yo personalmente estoy un 70-30. Es decir, por un lado creo que en gran medida ser emprendedor es una característica adquirida desde muy pequeño, mientras que, por otro, también se puede enseñar una fracción de eso a alguien de más edad.

Pero cómo logramos que estas experiencias de creatividad, amor propio y pasión por lo que se hace se consoliden a una edad joven: a través del arte. Un ecosistema donde el niño tenga acceso al arte, a la expresión última de la esencia de otro ser humano podría ser uno de los caminos para lograr esto. Es decir, tener aquél que cree en sí mismo más allá de lo que socialmente le sea sancionado. Primero está él por sobre los demás, primero están sus ideales y su visión.

Finalmente, creo en el tema de cómo el arte es un ente conductor creador de valor. En los ambientes impregnados de arte y artistas hay un espacio de tolerancia y de apertura que no es común en sociedades conservadoras. La vinculación del arte y el artista a los procesos de creación de valor hacen ambientes propensos a que haya un cruce polinizador entre distintos sectores. Un físico nuclear y un empresario podrían compartir amor por un artista, y el artista podría ser una interfase atípica para que esto se dé.

El arte y los artistas son el lubricante para el emprendimiento. Desde proveer espacios fértiles para el intercambio de ideas sin miedo al rechazo, hasta implementaciones concretas rápidas y sobre todo ser inspiración para nuestras jóvenes generaciones. Sin arte, no hay creatividad, sin arte no hay humanidad.

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